He vivido con una santa y no lo sabía

El hermoso testimonio de Hna Marzia que ivió la misión junto con la Beata Leonella

Hace algún tiempo leí el testimonio de un padre que decía: «he vivido con un santo y no lo sabía». Yo también hoy puedo decir: «He vivido con una santa y no lo sabía«.

La hermana Leonella no nació santa, pero se hizo santa, ella también luchó con sus fragilidades y debilidades, teniendo un carácter muy fuerte y volitivo.

Nosotros no somos maestros de la historia, es Dios quien hace nuestra historia, y después de cien años precisos se realiza el deseo de nuestro Padre Beato Padre Fundador que con fecha 18 de octubre de 1918 le decía a sus hijas: «Así que han venido para ir a la misión. esperemos que alguien sufra el martirio algún día, en la nueva capilla habrá un lugar debajo del altar para una mártir y esperamos que una de ustedes sea la elegida por el Señor «.

Desde Somalia, una tierra desolada y devastada, el Señor eligió a una nueva mártir que tuvo el coraje de lanzar un mensaje muy fuerte, un mensaje de perdón, reconciliación y paz.

En la comunidad de Somalia, la hermana Leonella se había insertado muy bien y participaba activamente, siempre fiel a los actos comunes, especialmente en los recreos que para ella eran sagrados; era una hermana de la paz, serena, generosa, simpática, siempre dispuesta a ayudar, se estaba bien con ella porque incluso en situaciones difíciles siempre encontraba la palabra adecuada para levantar el ánimo..

Ella había encarnado el espíritu de nuestro Fundador  el Beato José Allamano, quien le decía a sus hijas: «De ustedes no espero que hagan milagros, ni que vayan en éxtasis, no no, sino que hagan bien el bien y todas las cosas ordinarias de una manera extraordinaria.» La hermana Leonella tenía un fuego dentro que la devoraba y esto se percibía en su vida diaria. Quería ayudar a todos, se tomaba a pecho los problemas de todos, y en tono de broma decía que «habría querido retirar todos los fuciles de Somalia». Ella era consciente de los tiempos difíciles que estábamos viviendo pero no tenía miedo, también ella, como todas nosotras, pasábamos horas bajo el disparo de las bombas y de las balas que continuamente se lanzaban en todas direcciones. Los riesgos eran muchos y todas éramos conscientes de ello, pero nuestro amor a la Iglesia y a la gente era mucho más fuerte.

La hermana Leonella estaba consciente de haber dado su vida por el Señor, por eso no tenía nada que temer y la idea de irse de Somalia ni siquiera le afloraba por la mente. Nos daba mucho ánimo el tener un Tabernáculo en un país completamente musulmán. De la Eucaristía y de nuestra Madre Consolata, todos los días sacábamos la fuerza de la fidelidad y la determinación de permanecer a pesar de los riesgos. Nos sentíamos parte viva de la Iglesia y con nosotras sentíamos cercanas a todas nuestras Hermanas y Superioras que siempre nos han sostenido y ayudado. Teníamos la Misa cada tres meses porque la presencia de un sacerdote no era posible, pero la Eucaristía nunca nos faltó.

La hermana Leonella había llegado a Somalia después de una experiencia de más de 30 años en Kenia, un país libre donde la Iglesia es una fuerza y ​​donde todo es posible. En Somalia, en cambio, todo está bajo control y la pequeña Iglesia vivía como en las catacumbas porque era perseguida y estaba en peligro. No había ningún signo religioso, todo había sido destruido, la catedral quemada, las iglesias arrasadas y el obispo, monseñor Colombo, el padre Pedro y otras personas laicas fueron asesinadas. El único tabernáculo en toda Somalia estaba en nuestra casa, nosotras religiosas y algunas voluntarias éramos la única presencia de Iglesia. Para la hermana Leonella Somalia ha sido un impacto muy fuerte, y un verdadero martirio no poder actuar, ella que era toda fuego como un volcán en erupción. Tenía en mente cien proyectos en favor de la gente, pero la situación no nos permitía expandirnos porque para ellos nosotras éramos personas peligrosas, por lo tanto, debían mantenernos siempre bajo control. Era necesario sembrar en silencio, sin hacer ruido, sin esperar frutos, confiando solo en Dios y en Su Providencia.

Muchas veces nos hemos encontrado en situaciones realmente difíciles porque la infiltración externa estaba cambiando la fisonomía del País y estos grupos eran hostiles hacia nosotras  cristianas, los ataques eran continuos y de muchas maneras intentaban bloquearnos, pero la gente siempre nos ha apoyado y todos nos han animado a estar con ellos porque nos decían: «Cuando ustedes están con nosotros, nos sentimos en la luz, cuando ustedes se van, nos quedamos en la oscuridad, perdemos la esperanza».

La Embajada italiana, por prudencia, muchas veces nos dio la orden de partir y esto significaba para nosotras abandonar la misión, un dilema que requería de nosotras un discernimiento no siempre fácil: «¿partir o quedarnos?».

Partir significaba poner a slvo nuestra vida que ciertamente tiene su valor. Quedarse significaba «arriesgar», pero ante las necesidades de la gente, ninguna de nosotras tenía el coraje de abandonar la misión que se nos había confiado, porque muchas madres y niños habrían arriesgado sus vidas por falta de asistencia, ya que el SOS era el único hospital que ayudaba gratuitamene a los pobres.  Ante esta realidad, pensando que cada vida humana es preciosa, todas juntas en oración, tomamos la decisión de permanecer en solidaridad con la gente y juntas nos dábamos ánimo para continuar el camino. Quedarnos también significaba ser fiel a nuestro Carisma, que nos estimula a ser fieles a la misión incluso a riesgo de la vida, sentíamos que una fuerza nos venía de lo alto porque superaba nuestra fuerza y ​​humanamente hubiera sido imposible vivir 16 años de guerra y de riesgos continuos. Dios tenía su plan de amor sobre nosotras, es Él quien nos ha protegido y nos ha mantenido en la palma de sus manos, es Él quien condujo nuestra historia día tras día hasta su cumplimiento.

La tarea específica de la hermana Leonella era la de organizar una escuela para enfermeros y para ello ha puesto toda su alma y su corazón. La hermana Leonella tuvo el coraje de comenzar desde cero en un ambiente completamente destruido. Había llegado a Somalia después de 12 años de guerra. Las escuelas no existían durante años, y los jóvenes apenas conocían el ABC: ¡todos los diplomas que presentaban eran comprados en el mercado!

¿Que hacer? Era imposible comenzar un curso tan empeñativo si los estudiantes no tenían una base.

Ella organizó un curso intensivo de lengua inglesa durante unos meses antes de comenzar la escuela, conocía a los estudiantes uno por uno y se interesaba también de sus familias, seguía en particular a los más frágiles y débiles, los llevaba aparte, les explicaba lo que no entendían,y volvía a explicar la lección. hasta que el alumno lograra entender. Tenía 80 alumnos divididos en cuatro grupos. Énseñaba siete horas al día, y además tenía que explicar también la lección a las dos maestras que le ayudaban porque no estaban preparadas. Nunca se quejó ni se desanimó. Cada día comenzaba con gran coraje y con mucho amor

Mientras tanto, la situación política y religiosa empeoraba siempre más y la lucha armada entre los dos grupos (los Señores de la guerra y las Milicias yihadistas Somalí) se volvía cada vez más difícil. Nosotras, como Iglesia, no éramos bien vistas y nos consideraban personas no gratas, por lo tanto, siempre estábamos a la vista y bajo control, en particular, la escuela porque una religiosa cristiana podía influir en los jóvenes desde el punto de vista religioso. Esto limitaba mucho nuestro actuar.

Mientras tanto, para la hermana Leonella, pasaron cuatro años entre luces y sombras, entre alegrías y dolores, entre riesgos y bombas, pero también con la alegría de que el primer grupo de enfermeros había terminado el curso. La hermana Leonella estaba feliz, ella había alcanzado su meta, ¡finalmente un grupo de jóvenes podía trabajar y ayudar a su propia gente!

Hna Marzia, mc

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