Una Iglesia que conoció la clandestinidad

Reportamos el testimonio de un sacerdote «fidei donum» de la Diócesis de Cremona, el P. Livio Lodigiani, actualmente párroco de dos parroquias en torno a Almaty, la ciudad más poblada de Kazajistán.

 

Se llaman Talgar, Issyk, Janashar, Basargheldy, Turghen… Son los nombres de algunas ciudades y pueblos de mis dos parroquias de los alrededores de Almaty, ubicadas de 30 a 80 km de distancia de la gran ciudad donde vivo. Los habitantes son kazajos, en su mayor parte, como en todo el país, musulmanes; después rusos, por lo tanto ortodoxos; luego en menor porcentaje alemanes, polacos, ucranianos, coreanos y de muchas otras nacionalidades. Muchos de ellos son «hijos o nietos de las deportaciones soviéticas». Hijos o nietos de personas que han sufrido increíbles vejaciones y fatigas y que ahora, como entonces, enfrentan con dignidad la fatiga del vivir, porque para muchos aquí la vida es miserable: salarios de hambre o desocupación, pobreza. En cifras sintéticas: hay más de cien mil habitantes que pertenecen a un centenar de etnias diversas. De estos, aproximadamente unos trescientos están bautizados: son polacos, alemanes, coreanos. Pero no faltan rusos y kazajos: para el Señor, las diferencias étnicas no son obstáculo para que uno pueda experimentar y desear la misericordia del abrazo de Cristo en la propia vida.

En cuatro de estos países hay una pequeña iglesia, es decir una casa, comprada o regalada por aquellos que, después de la independencia de la Unión Soviética, han preferido regresar a su patria. Una casa adaptada para iglesia, una casa ya vieja y un poco descuidada, donde el sacerdote no puede vivir.

Por esta razón, gracias también a la generosidad de muchos amigos que desde hace años me han estado siguiendo con oraciones y ofertas, pude iniciar algunos proyectos para mejorar y recuperar espacios de encuentro también después de la misa: para catecismo y convivencias.

En la temporada de frío tenemos que contratar a los «fogoneros» que durante 6 meses deberán cargar las estufas para calentar, cada día el ambiente, con el fin de que no se congele el agua en las tuberías. En Talgar, tal vez, logremos hacer la conexión del gas. Un buen gasto, pero nos ahorrará cada año el costo de 6 toneladas de carbón.

Es necesario abandonar nuestra idea de vida parroquial para entrar un poco en la imagen de una iglesia que hace solo 25 años salió de la clandestinidad donde en muchos lugares el sacerdote pasaba de vez en cuando, se detenía en una casa y allí, en la tarde y en la noche, celebraba la Misa, predicaba, confesaba, administraba el matrimonio,… todo en pocos días.

No hay instalaciones, excepto las esenciales. También la vida litúrgica es esencial, aunque muchos ancianos y adultos conservan todavía una fe profunda y una rica oración personal. Pero todos, viejos y jóvenes, todos buscan, tienen hambre y sed de verdaderas relaciones. Por otro lado, precisamente así es como nos hizo el buen Dios, y lo que vale para mi gente, vale exactamente también para mí. Todo se confía, todo depende, nace o renace de una relación personal. Así que vas a visitar a las personas en sus pobres casas donde se encuentran sus problemas, sus necesidades y sus esperanzas. Y allí se escucha, se ayuda, se comparte, jugando con los niños, cocinando espaguetis a la italiana o traduciendo al italiano pesados diagnósticos para enviar a amigos médicos especialistas para que «leyéndolos», ayuden si es posible.

A veces los adultos o los jóvenes que encuentro en las familias no son bautizados, o desde hace tiempo ya no vienen más a la iglesia, pero en la relación se respira una humanidad que me ayuda a amar su destino y a confiar sus vidas a la misericordia de Dios. Llegará el momento, y para algunos ya ha llegado, en el que manifestarán sus deseos y, sobre todo, el de «conocer» a Cristo. Incluso si esto no puede ser el resultado de un programa, sino solo el milagro de la libertad de un hombre que, con gusto, se abre y confía a otros hombres que lo han visitado y caminan con él.

Estas mis parroquias son realmente una periferia pobre en todos los sentidos, y sin embargo rica de humanidad salvada, ya salvada a pesar de los pecados y de las debilidades que también abundan. Y me digo: a mí me sirve encontrarla, vale la pena porque ellos, así tan pobres como son, me recuerdan que: «Esta pobreza es necesaria porque describe lo que realmente tenemos en nuestros corazones: la necesidad de Él» (Papa Francisco).

P. Livio Lodigiani, sacerdote Fidei Donum

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *