Un virus, una lección, una elección

Una profunda reflexión sobre el tiempo de pandemia que estamos viviendo, y que nos lleva a una elección

Entre las tres palabras mencionadas en esta breve reflexión, aquella sobre la que más me gustaría profundizar con ustedes, no es ni será Covid 19 (ya se ha dicho todo sobre ella, casi diría, se habló de más) y ni siquiera una lección, porque supongo que esta, mirándola bien, está dentro de cada uno y cada una de nosotros. Estoy convencida de que la elegida es ahora la palabra más interesante para considerar y explorar, y ciertamente también la más prometedora. Aunque sin duda, no es la más fácil: la elección.  

Es la ley de la evolución: una especie sobrevive si es capaz de adaptarse, de  cambiar, es decir, si es capaz, en una determinada situación y en un preciso momento, de hacer una elección. Y al  mismo tiempo también es verdadera aquella conocida ley psicológica que enseña que el cambio no es algo que ocurre automáticamente, al contrario, requiere mucho trabajo para imponerse a las múltiples y enérgicas resistencias del status quo.

La realidad no es algo inevitable, predestinado (al menos no lo es exclusivamente) sino una tarea o, si se quiere, una oportunidad para la transformación. ¡Ciertamente sería más simple y cómodo para nosotros si todo estuviera preparado! En cambio, cada uno/a está llamado/a a decidir el camino a seguir, y es necesario enfatizarse que incluso quien no decide por ningún camino toma una decisión clara: ¡la de dejarse llevar por la corriente!

Podemos preferir la seguridad de la rutina, la nostalgia de lo conocido, la comodidad del  “siempre se hizo así”, la facilidad del acostumbrado egocentrismo, o bien … podemos escuchar, dejarnos turbar por lo que estamos viviendo, acoger la crisis y no pasarla por alto, reconocer que no somos autosuficientes, confiarnos al misterio de la vida y del dolor, al Misterio de Dios, distinguir el hacer del ser, separar lo que es necesario de lo que no lo es, discernir entre lo que sirve porque queda y lo que pasa, entre excluir y acoger, entre consumo y sobriedad

La elección, de hecho decae, se reduce principalmente a un estilo de vida. El virus fue la rebelión del gran hogar común en el que vivimos – la madre tierra, pacha mama, a nuestro estilo de vida. Todos responsables, no solo los gobernantes y líderes de las naciones: educadores, trabajadores, economistas, contadores, amas de casa, cada hombre, cada mujer, cada niño. No hay maestros para la primera vez en la historia, pero todos encontramos alumnos, luchando con intentos, pruebas, y errores. Nadie puede escapar del cambio. El coronavirus nos ha recordado de un modo despiadado que todos estamos en la misma barca: o nos salvamos todos o no se salva nadie; que el enemigo no está en otra parte sino muy cerca de nosotros: es nuestro estilo de vida. Recomenzar no significa entonces volver al «antes de la epidemia», sino dejar de lado estilos y comportamientos, inaugurar otros nuevos que ya no sean perjudiciales para nuestra convivencia. «La pandemia del coronavirus y el calentamiento global son dos caras de un planeta hiper-conectado y profundamente desigual debido a las condiciones socioeconómicas» (S. Adorno).

Y aquí tenemos mucho por redescubrir, tantísimo por aprender de la sabiduría de los pueblos originarios y de las culturas comunitarias, que el arte de la convivencia humana, donde cada uno es responsable del bien y del mal de todos, armonizan desde siempre con el cuidado de la creación, la atención a los recursos naturales, la consideración para el equilibrio y la armonía del ecosistema. Y de toda forma de vida en ella.

He aquí, entonces, qué opción se deriva también con el medio ambiente.

«No se puede pensar en vivir sanos en un mundo enfermo», dice el Papa Francisco. Debemos sanar nuestra relación con la creación. Debemos redescubrir la casa que nos acoge y nos sustenta. Hemos entendido que detrás de la alteración de muchos ecosistemas hay una presencia humana cada vez más pesada y descuidada, que penetra en ellos con políticas de mera explotación. Es la contaminación, la cual, parece haberse verificado, que nos expone más al impacto del virus y favorece su propagación. Mientras nosotros sufrimos por la limitación de nuestros movimientos, ¡nuestra tierra ha mejorado! El clima es más saludable, las aguas más transparentes, el cielo más claro, muchísimas especies animales están más cómodas. Ha disminuido también la incidencia de las enfermedades cardiovasculares y psicosomáticas, se redujeron también las muertes relacionadas con accidentes en el mar y en la carretera. Entonces, ¿Nosotros estamos bien si está mal la tierra? ¿Y viceversa? ¿No es realmente posible que ambos estemos bien?

¿No es preferible que repensemos todo partiendo del principio de que el futuro de los humanos está íntimamente conectado con el futuro del ambiente?

La elección, en fin, se deriva en relación. Y aquí es aún más evidente que todos debemos volver a  los bancos de la escuela. Que el peligro, el riesgo está en acecho, en la emboscada, es mucho más que probable, que tan pronto como haya pasado la tormenta, retomaremos las actitudes habituales, el individualismo, la astucia, la conveniencia personal, la corrupción, el egoísmo, las diversas actitudes de siempre. Virus mucho peores, junto con el de la indiferencia, que piensa que la vida mejora si me va mejor a mí, que todo irá bien si me va bien a mí. Se parte desde aquí y se llega a seleccionar a las personas, a descartar a los pobres, a sacrificar a los que están atrás en el altar del progreso.

Depende de nosotros de mi, de tí. Y siempre dependemos cada vez más los unos de los otros, cuando más nos ilusionamos de ser completamente independientes. Las categorías nosotros-ellos, no se tienen en cuenta como tampoco la de público-privada. Y esta lección también nos la pueden enseñar muy bien y humildemente los pueblos originarios: reconocer la autoridad que el otro tiene sobre mí, en el signo de la reciprocidad, caminar hacia la madurez del sentido de responsabilidad que siempre acompaña a toda libertad auténtica, aprender la docilidad de la ‘obediencia’ a la comunidad humana y a sus reglas, algo que nunca pareciera provocarnos tanta alergia como hoy… Si hemos podido aprender algo en todo este tiempo, es que nadie se salva solo. Las fronteras caen, las distancias se anulan mutuamente y aparece manifiesta la fragilidad de la que estamos hechos, esas certezas falsas y superfluas con las que hemos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, nuestros hábitos y prioridades quedan desenmascaradas. ¡Algo nos une a todos, absolutamente a todos como nunca antes: ninguno queda excluido,!

Pero el coronavirus también sacó a la luz lo que el Arzobispo de Palermo Don Corrado Lorefice llamó «santidad laica», una forma de heroísmo colectivo y no individual, sin pertenencias, sobre la base de una única fe: cuidar del hermano y de la hermana. Como dijo la famosa antropóloga Margareth Mead: lo que nos hace humanos es un fémur cuidado y sanado, precisamente el cuidado. Renunciar al respirador a favor del joven compañero del cuarto desconocido. Abstenerme del contacto con mi familia para continuar sirviendo a la humanidad en la sala. Cuidar las necesidades de mis hijos, de las lecciones on-line de mis alumnos, de la soledad de mi anciana vecina, todo en la misma tarde. Renovar mi empresa con la ayuda de mis dependientes. Entregar comidas calientes y bolsas de alimentos a las filas de personas que esperan un gesto de solidaridad para seguir esperando. También esto es el coronavirus. Dejarse tocar sin contagiar por la mirada y el anhelo de quienes me rodean. Esto vale más que mil abrazos de ayer dados sin convicción y sin corazón.

¡La globalización de la indiferencia continuará amenazando e intentando hacernos  vacilar en nuestro camino… esperamos que nos encuentre preparados y renovados en nuestro estar- en- el- mundo, para que esta oportunidad inmensa y trágica no se desperdicie!

Covid19: lección de humildad. Humanidad: examen de responsabilidad.

Hna Alessandra Pulina, mc

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