Eunucos por el Reino

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Los eunucos, o «castrados», fueron una cruel invención de las sociedades orientales no sólo porque eran fiables guardianes de los harenes, sino sobre todo para asumir cargos gubernamentales particularmente delicados e importantes: así como no podían tener hijos, no tenían a nadie a quien transmitir la herencia, y por lo tanto permanecían totalmente fieles al soberano. Por esta razón, varias sociedades antiguas encomendaban a los eunucos los puestos de mayor responsabilidad estatal, y continuaron llamándolos así incluso cuando empezaron a cubrir esos cargos personas normales (como el caso del eunuco etíope de la reina Candace de Hechos 8:27: no podemos saber de qué tipo de eunuco se tratara). Obviamente, quedaba en la conciencia de los hablantes la idea de que en origen la palabra indicara algo más. Incluso Jesús, cuando la menciona, seguramente quiere hacer entender el hecho de no poder tener hijos ni esposa, incluso  si a un cierto punto habla de ser eunucos especiales, aquellos que se hicieron tales «por el reino de los cielos» (Mt 19, 12). Esta expresión se utilizó obviamente para indicar a aquellos que, en la iglesia, decidían no tener esposa (pero, en cierto sentido, tampoco marido) o hijos, es decir los consagrados. Pero, ¿realmente esa expresión debería aplicarse solamente (o particularmente) a ellos?

Intentemos mirar el paso de cerca.

Una cuestión de teología pastoral

El capítulo 19 del Evangelio según Mateo comienza con el traslado de Jesús de Galilea a Judea: de su región, en la que probablemente también podría estar un poco más tranquilo, a la zona cercana a Jerusalén, donde la autoridad del Sanedrín era fuerte y donde los que impugnasen la ley de Moisés o el templo arriesgaban  más.

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Veamos también otros pasajes evangélicos, Jesús debe haberse hecho la fama de ser un profeta bueno y milagroso, dispuesto a otorgar mayor libertad a las personas, incluso en lo que respecta a la ley mosaica. También, y sobre todo, para los esclavos y las mujeres, o sea, para los menos protegidos por esa ley. Jesús era tan conocido que algunos fariseos venían a «ponerlo a prueba» (Mt 19, 3). Así por ejemplo, los adversarios de Jesús trataban de ponerlo a prueba obligándolo a tomar posición a favor de los más pobres de la sociedad pero chocando con la ley, o bien respetando la ley pero decepcionando a quienes parecían estar entre sus más fervientes partidarios. No hemos sido nosotros los que inventamos  la mala publicidad.

En este caso, le presentan una cuestión de teología práctica: ¿cuál es una razón suficiente para que un hombre pueda divorciarse de su mujer? Sabemos por los escritos hebreos que una corriente minoritaria de rabinos decía que «un hombre puede divorciarse de su esposa solo porque  tenía la sopa pegada a la olla», mientras que la mayoría de los fariseos, que se presentaban como más rígidos, decían que debía haber razones más serias.

Tal vez quienes le hacían la pregunta a Jesús, que tenía fama de ser un profeta «blando», querían obligarlo a presentarse con mala luz ya sea frente a los maridos más superficiales e ignorantes (si dice que hacen falta razones serias) o frente a sus esposas. Recordemos que la esposa no podía en ningún caso repudiar a su marido.

Si lo pensamos bien, la respuesta de Jesús nos desplaza incluso a nosotros, y por varias razones.

La razón de fondo

Sabemos efectivamente que Jesús había asombrado a sus oyentes porque «enseñaba como quien tiene autoridad, no como los escribas» (Mt 7, 29), quienes, por otro lado, sabían que tenían que apoyarse en la autoridad de la Biblia, exactamente como yo también lo hago ahora. No podría escribir: “¡Yo les digo, créanme!», Pero si argumento sobre los Evangelios, quizás pueda resultar interesante. Habitualmente Jesús no suele citar la Biblia porque ya sabe con precisión qué piensa Dios, sin embargo esta vez comienza refiriéndose al Génesis.

Lo hace citando un pasaje que se encuentra en los primeros capítulos, los que no están reservados para los descendientes de Abraham, sino que están escritos teniendo en la mente a toda la humanidad, incluso a la no hebrea o no religiosa. Lo que hay en esos capítulos pretende tener valor para todos. En definitiva, la idea es que no se está hablando de un precepto religioso, sino humano; no está escrito como para ser parte de una comunidad espiritual, sino como para proteger a la auténtica humanidad.

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El segundo capítulo del Génesis, citado explícitamente por Jesús, señaló que en la pareja las dos personas, que siguen siendo dos, comparten la propia fragilidad, la debilidad, la «carne» (Mt 19, 5-6; Gen 2, 24). Ponerse a dividir una carne que Dios ha permitido que se uniera significa dañar a las personas donde son más frágiles, interviniendo para corregir un designio divino. Y sobre todo, dividir lo que Dios ha pensado como unido también significa hacer el mal a quienes han sido  creados según esa lógica. Dañar al ser humano en cuanto tal, va más allá del respeto debido al mandamiento divino. También porque el mandamiento existe no porque a Dios le guste ser obedecido, sino porque sabe que ese comportamiento es lo que hace vivir mejor a aquel a quien Él ha creado para que viva bien.

Este es el fundamento de una llamada eclesial al ideal (una unión conyugal para siempre) que hoy parece pasada de moda y excesiva. En realidad, está claro que también en la época de Jesús no fue una llamada fácil. Esto, por supuesto, no excluye que haya errores, arrepentimientos y reinicios (nunca en los Evangelios Jesús niega la misericordia y el perdón a los que se han equivocado), sino que confirma que nuestro ideal hacia el cual tendemos, lo que nos hace vivir bien, es el «para siempre». Sin embargo, cuando nos vemos obligados a renunciarlo, estamos peor.

En defensa de las mujeres

Por otro lado, el repudio tal como estaba codificado en la ley judía (pero también en la griega, o latina…) era ofensivo y nocivo especialmente para las mujeres, que quedaban bajo la espada de Damocles por el juicio del marido, libres para reenviarlas de vuelta al padre cuando no las encontraba a la altura de aquello para lo que las había «comprado». Este último verbo lo uso no por casualidad: un vínculo definitivo, de por vida, implica ya de por sí la decisión de uno mismo, un don de la propia existencia a otra persona, mientras que la posibilidad de repudiarla implica una elección más superficial, instrumental. Como se tratara de tomar una herramienta de trabajo que se devuelve si no «funciona».

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Protegiendo un vínculo matrimonial para siempre, por un lado Jesús recuerda un ideal de vida muy elevado que pasa por el matrimonio, por otro lado también habla a favor de las mujeres, que ya no son discriminadas y chantajeadas, sino que se encuentran a la par con el hombre en el matrimonio. No es una casualidad que la reacción de los discípulos de Jesús (no hablamos de los que querían ponerlo en dificultad, de quienes también hubiéramos podido esperado) reafirme un machismo siniestro: «Si esta es la situación del hombre con respecto a la mujer, no conviene casarse». «(Mt 19,10). Si el hombre razona en términos de privilegios e intereses personales y tiene a su disposición una legislación machista, con esta corrección de Jesús, sale perdiendo, ya no le conviene casarse, porque la esposa ya no se convierte en un bien para disfrutar, sino en una persona con la cual unirse, debe ser tratada como iguales. Como efectivamente la había presentado el libro del Génesis.

Se puede decir que los discípulos entendieron muy bien la profundidad del discurso de Jesús, aun habiendo reaccionado de manera superficial y vulgar.

Eunucos por el Reino de los Cielos

Aquí es donde llegamos a hablar sobre la expresión de la que hemos partido. A la objeción de los discípulos, privados de su poder machista, Jesús responde admitiendo que en realidad podría ser difícil de entender: no todos comprenden su significado, pero algunos sí (Mt 19,11). El que lo entiende es aquel que consigue sintonizar con la voluntad de Dios, vivir bien porque vive según los criterios sugeridos por Dios Creador que es  entrar en armonía con la voluntad de Dios, es decir, para ponerlo también con las palabras de Jesús, con el » Reino de los cielos”. Esta última expresión no significa algún tipo de monarquía, sino que expresa un mundo gestionado según las intenciones de Dios, aplicado de forma transparente. Es lo que no por casualidad también rezamos siempre en el «Padre Nuestro» (cf. Mt 6,10). Es la intención originaria de Dios, lo mejor para nosotros, el cielo en la tierra, si se lo viviera plenamente.

al rededor del Jesús

También puede haber alguien que, «por causa del reino de los cielos», es decir, para parecerse cada vez más a ese plan de Dios que nos hace vivir bien, «se convierte en eunuco». En la historia de la Iglesia esta es una expresión que se había aplicado a quienes no se casaban, incluso por motivos comprensibles: la renuncia al matrimonio y a los hijos no se daba en absoluto por descontada y de alguna manera estaba justificada, y no parecía que hubiese algo en el evangelio que motivara una elección de ese tipo más allá de un pasaje como este.

Pero, ¿realmente el Evangelio está hablando de los consagrados que no se casan? Parece muy difícil. Este pasaje ciertamente se puede aplicarles también a ellos, pero ante todo parece hablar de los casados. ¿Significaría que los maridos deberían convertirse en eunucos? En cierto sentido, sí, porque el hombre casado deja de estar disponible para otras mujeres, y de manera definitiva, lo dice Jesús. Es claro que algo análogo también se puede decir de la esposa, incluso si en ese contexto causara más desconcierto sobre todo en el hombre, que debía renunciar a un privilegio que siempre había reconocido. Pero Jesús hace notar el porqué: si se quiere vivir de acuerdo con el plan divino, que sugiere cómo vivir bien, hay otras opciones que se pueden elegir.

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Y el resultado, podríamos continuar, es el de testimoniar plenamente la calidad del amor de Dios; que es la de llegar a ser altos funcionarios, preciosísimos, de ese reino de Dios hacia el que  podemos tender ya en esta vida.

Angelo Fracchia, biblista

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