Un día de visita a una aldea misionera

Hermana María nos comparte una aventura misionera que le ha enseñado cosas importantes para la vida. 

Un domingo como tantos otros me despierto temprano porque me espera una salida  evangelizadora en un pueblito distante a 18 km de Pasacaballo, Cartagena de Indias, Colombia. Desayuno con las hermanas de la comunidad y las invito a que me acompañen con la oración para que todo salga bien. Un último vistazo a mi Suzuki: es el scooter, mi caballo de peregrinación gracias a cual puedo moverme con facilidad. Son las 8.30 hs. de la mañana: con la bendición del párroco y las recomendaciones de las hermanas de ser prudente, parto. El trayecto es aproximadamente de una hora. A las 9.45 llego al lugar que se llama Pueblito.

Debía tener el último encuentro de preparación con un grupito de niños que debían hacer la primera comunión y otro encuentro de preparación con los padres de algunos pequeños que iban a ser bautizados el 16 de julio, fiesta de la Virgen del Carmen, patrona de esta localidad. El encuentro con los niños de primera comunión estaba programado para las 10 hs. y a las 11hs. con los padres de los futuros cristianos.

A las 12 termino la preparación, todo salió bien, sin inconvenientes, y después de haber saludado a niños y padres con la recomendación de ser puntual el día de la fiesta, emprendí el camino de regreso. Estaba feliz porque todo había salido a la perfección y ya se sentía un ambiente de fiesta en honor a nuestra madre, la Virgen del Carmen.

Al regreso, me faltaban 5 Km. de camino para llegar a Pasacaballo cuando de repente siento que algo extraño había en mi scooter: sí señores, se me había pinchado la rueda trasera. ¿Qué hacer? De repente todo el entusiasmo que me había envuelto por el apostolado que había realizado se me vino abajo. Estaba en una recta de 25 km. Desierto de casas, solo vacas y caballos, algunos pastaban plácidamente y otros descansaban bajo la sombra de los árboles. Un calor casi infernal dado el tiempo y el calor que siempre se vive en esta región, sola con la rueda de la motoneta desinflada y el cansancio de tener que empujarla. El primer pensamiento fue: ¡¡Virgen Madre, donde estabas para que me ocurriera esto!!! Invoqué a mi ángel custodio para que no me dejara sola y me acompañara durante el resto del viaje.

Me sonreí a mí misma y me dije: «ánimo, María: con la ayuda de la Madre la Virgen del Carmelo y el ángel de la guarda no temas… Saco del bolsillo el santo rosario miro una vez más el camino, el sol y el silencio me envolvían, con el rezo del santo rosario empecé a andar. En el segundo misterio escucho a mis espaldas la llegada de una camioneta que venía detrás de mío, se detiene y alguien me pregunta qué había pasado. Yo respondí a media  voz: “he pinchado una rueda” «Tengo una colada». Dentro había dos hombres con una cara que no me inspiraba confianza. Me preguntaron hacia donde me dirigía y dije «Pasacaballo»

«Nosotros vamos a Cartagena te podemos dar un pasaje hasta el cruce»

«Oh, sí, gracias – le dije – que el Señor los recompense».

Se bajan y ponen la moto encima de la camioneta, luego uno se queda atrás para sujetarla mientras el otro me invita a subir. Sinceramente, tenía un poco de miedo, pero he visto en ese gesto de caridad, que eran el ángel enviado por el Señor para socorrerme en mi necesidad. En el camino hablamos poco, me limité a decirle que el Señor ciertamente le pagaría con  bendiciones y que la virgen del Carmen les habría preservado de peligros futuros.

Ya se acercaba al punto en el que dijo que me dejaría, cuando agregó: “Hermana, usted dijo que lo que estoy haciendo es un gesto que el Señor me recompensará. Bueno, yo quiero hacer esta obra completa: no la dejo en el cruce, sino que desvío para ir a Pasacaballo y la dejo frente a la iglesia”.

Una sonrisa y un gracias salieron desde lo más profundo de mi corazón y le respondí: «Dios lo recompense».

Cuando llegué a casa ya en la puerta me encontré con las hermanas y el padre preocupados por mi tardanza. Cuando me vieron llegar en esa camioneta se dieron cuenta de que algo le había pasado a la motocicleta, se acercaron a los dos hombres agradeciéndoles y el padre les dio la bendición diciéndoles: “que Dios les recompense».

De esta experiencia aprendí dos cosas fundamentales: la primera, nunca perder la esperanza. Cuando algo no sale bien, el Señor siempre tiene algo para decirnos y hacernos crecer en el amor hacia él y a los hermanos. Segundo: no juzgar por la apariencia. Esos hombres no me inspiraban confianza, en cambio, demostraron con su generosidad que sus corazones estaban abiertos para socorrer a una pobre religiosa que estaba en dificultades.

Hna María, mc

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