Beata Irene: las locuras del amor

 

En los primeros años de la misión en África, la Beata Irene presta servicio en la Cruz Roja en los hospitales militares de Kenya y Tanzania. Sirve a los pobres enfermos con caridad incondicional, y llega hasta… a la locura, una locura de amor. 

Hay un momento en la vida de la Beata Irene que expresa su amor para con los demás, de manera especial su pasión para que todos se salven. Sabemos que en sus tiempos se creía que sólo a atrvés del Bautismo una persona se podía salvar. Es importante saberlo para entender el relato que vamos a leer ahora. Hoy en día la fe de la Iglesia intuye que la salvación es obra de Dios, un misterio que no podemos reducir en nuestras categoría, porque Dios puede salvar cualquiera según sus proyectos de bien. Leamos, pues, el cuento de Hna Irene y Athiambo, compartido por la Hna Cristina, compañera de misión de Nyaatha:

“En la rica documentación sobre la hermana. Irene, se nos habla de un cierto Athiambo, un paciente que ella debía haber bautizado una mañana, después de haberlo preparado adecuadamente. Cuando llegó a la sala, vio a otro paciente en el lugar de Athiambo y le dijeron que este había muerto repentinamente durante la noche. Ella no lo podía creer; el corazón o quizás el misterioso instinto de los santos le decía que probablemente aún estaba vivo. Lo habló con la hermana Cristina, quien le permitió ir a la playa, donde estaban los cadáveres apilados, para realizar un control. En todo caso, si lo hubiese podido identificar, lo bautizaría «bajo condición».

La hermana Irene corrió hacia la playa, donde yacían decenas de cuerpos desnudos arrojados de cualquier manera a la espera de que la marea alta se los tragara. A uno por uno los miró detenidamente, venciendo instintivamente su repugnancia y rezando por todos. Reconoció a algunos, a quienes ella había dado el agua purificadora.

Eran muchos: al llegar a los cincuenta, pensó que quizá no mereciese la pena continuar. Pero quedaban todavía otros cuatro, valía la pena seguir hasta el final. De hecho, Athiambo fue el último. Con sorpresa, la hermana Irene notó que no tenía la rigidez de los otros, era flexible, es más respiraba aún, no obstante que hubiese permanecido muchas horas, bajo el peso de la enorme pila de seres humanos. Lo levantó con dificultad, arrastrándolo lejos del lugar donde la marea podría llegar, y le practicó la respiración artificial unos veinte minutos, rezando intensamente. Finalmente, el pobre hombre abrió los ojos y emitió un gemido. La Sierva de Dios corrió inmediatamente al hospital regresando con una camilla y dos portadores. Athiambo sobrevivió unas horas, justo el tiempo necesario para recibir el bautismo que él había tanto deseado.

Este episodio, causó sensación en el hospital. Algunas personas comenzaron a decir que la hermanita blanca resucitaba a los muertos. Por su parte, ese mismo día, el capitán prohibió que se llevasen los cuerpos antes de que un médico hubiese certificado clínicamente su muerte.

(del Libro: “El Evangelio de la sonrisa” de Angelo Montanari, traducción al español: MC)

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