Leonella mártir perdona

Estamos en la novena de la Beata Leonella, mártir. Les presentamos su testimonio

Leonella Sgorbati nació el 9 de diciembre de 1940 en Rezzanello, provincia de Piacenza, y fue bautizada con el nombre de Rosa María. Al día siguiente de la guerra, la familia se mudó a Sesto San Juan, cerca de Milán, donde Rosa vivió sus años de adolescencia. Entró en la congregación de las Misioneras de la Consolata en 1963 para cumplir con la vocación misionera ad gentes que sentía como suya. Después de su primera profesión religiosa, en 1965, fue enviada a Inglaterra para estudiar enfermería. Después de completar sus estudios, en 1970, fue destinada a Kenia, donde emitió su profesión perpetua el 19 de noviembre de 1972. Ese día, sorprendentemente, escribe a mano, con su propia sangre, las palabras de la fórmula de la consagración. En  esa misma ocasión escribe a su formadora del noviciado: “Deseo que, unidas al Señor podamos afirmar lo que a veces cantamos en la iglesia y que no tengo el valor de decir “Señor, con un corazón simple y gozoso he dado todo”. “Mas espero que un día el Señor, en su bondad, me ayudará a darle todo o… se lo tomará, porque Él sabe que es verdaderamente lo quiero”… Trabaja incansablemente y con gran competencia ya sea como enfermera encargada de la maternidad o como docente y directora de escuelas para la formación de enfermeras locales. Se especializa primero en obstetricia, luego como jefa de enfermeras, profesora de ciencias de enfermería y asistente socio-sanitaria, obteniendo los títulos necesarios para dirigir la escuela de enfermería del Hospital  de Nkubu, en Meru. En 1993 fue nombrada Superiora Regional de las Misioneras de la Consolata en Kenia, servicio que desarrolló  con entusiasmo, coraje y discernimiento durante seis años. Al finalizar su mandato, se le pidió que colaborara en la organización de una escuela para enfermeros en Mogadiscio, Somalia, labor que inició en noviembre de 2001 con disponibilidad y capacidad, a pesar de ser consciente de los problemas que tal iniciativa le habría creado en territorio somalí.

          Si para José Allamano experimentar la salvación es sentir la urgencia de anunciar a Jesucristo a los no cristianos, las Misioneras de la Consolata están llamadas a ir más allá de cualquier tipo de frontera para llegar a los que no conocen a Cristo. Es la espiritualidad misionera específica de la consolación. La principal característica de los apóstoles, decía siempre Allamano, es el amor a Jesús. No un amor sensible, sino un amor fuerte en medio de las dificultades, de los sufrimientos, de los desafíos… un amor constante y perseverante, hasta el martirio. Sólo quien se siente personalmente interpelado y conquistado el por el amor incondicional e increíble que se hizo fiel en la locura de la cruz, experimenta el deseo, la voluntad  el impulso de hacer presente y operante este amor para el otro, en una existencia que al mismo tiempo se vuelve  don, coparticipación, presencia y oblación, hasta el fin. Jesús, hablando a sus apóstoles, les predice que tendrán que sufrir mucho por su causa y por el Evangelio. El sufrimiento entra en esta dinámica, para el Allamano, porque es a través de él que se fortalece la fe y la adhesión al Señor. Aquí también cobra sentido el espíritu de sacrificio en el que el Allamano insistía tanto al decir que todas las misioneras están llamadas a vivir con generosidad, hasta llegar a un verdadero y propio estilo de vida: no se improvisa el martirio, pero solo se puede llegara él con la práctica de pequeños sacrificios cotidianos. Esta es la extraordinariedad  en lo ordinario que él entendía.

La hermana Leonella se inserta en esa responsabilidad a raíz de la presencia de las Misioneras de la Consolata en este país, que se remonta a 1924, cuando las cuatro primeras misioneras llegaban a la colonia italiana presente en tierra africana, única presencia religiosa en el país. La finalidad de esa presencia no era la de hacer proselitismo, sino la de ser un testimonio humilde pero transparente de la vida y de la caridad cristiana para los hermanos más pobres y abandonados, particularmente en las escuelas, ambulatorios, orfanatos y en la asistencia social y de enfermería. En 1965, el territorio italiano en Somalia fue declarado independiente y se unió a la Somalia británica, que se había independizado 5 años antes, formando la República de Somalia. Los conflictos internos entre grupos étnicos aumentaron hasta volverse incontrolables y el gobierno no pudo organizar a la población para establecer la paz en el país, hasta el golpe de Estado del general Siad Barre en 1969. En 1972 se decretó la nacionalización de todas las escuelas privadas. Todas las obras de las misiones fueron expropiadas y las posibilidades de apostolado directo reducidas al mínimo. De las aproximadamente 60 misioneras presentes en el país, 15 tuvieron que regresar a Italia. La convivencia de las hermanas misioneras con los musulmanes siempre estuvo caracterizada por el respeto y la paz. Las hermanas se gastaban por la gente y la gente les agradecía como podía. Sin embargo, con el pasar del tiempo el régimen se volvió cada vez más intolerante con quienes se oponían a él y en 1989  llegó a decretar la muerte del obispo Don Pedro Salvatore, que desaprobaba la violencia.  A partir de esa fecha la situación empeoró: la crisis económica, política y social llevó el país al colapso. La caída del régimen de Siad Barre ocurrió en 1991 con una guerra civil, que resultó una lucha por el poder entre varios clanes somalíes. Las iglesias y edificios de las misiones cristianas fueron destruidos e incluso hasta la más mínima presencia de iglesia prácticamente anulada. Por razones de seguridad, el administrador apostólico se refugió en Kenia, todos los extranjeros presentes en el territorio fueron expulsados ​​y las últimas hermanas misioneras que quedaban fueron a Kenia y comenzaron a trabajar entre los refugiados somalíes.

La ONG austriaca SOS Kinderdorf, presente en Somalia desde 1983, decidió implementar un servicio de urgencias pediátricas gratuito precisamente en este clima caótico y en ese mismo año 1991, cuatro Misioneras de la Consolata regresaron a Mogadiscio para atenderlo. El pequeño grupo de religiosas fue una chispa de esperanza para el pueblo somalí en medio del terrorismo y la anarquía que reinaba. Algunos ancianos afirmaron que mientras su presencia estuviera allí sería una señal de que Dios no los había abandonado. En el año 2001, el SOS decidió iniciar un proyecto llamado Enfermería Comunitaria Registrado en Somalia, con el objetivo de organizar una escuela de enfermería, y pidió a las Misioneras de la Consolata su disponibilidad para hacerse cargo del proyecto y de su implementación. La Hna. Leonella aceptó de inmediato y con valentía la petición del Consejo General y en el mes de noviembre llegó a Somalia para dar su contribución de esperanza a una tierra atormentada por décadas de odio y de violencia. La propuesta del curso de enfermería se difundió en un santiamén y en 24 horas se presentaron 100 aspirantes entre 29 y 38 años de edad, de los cuales 24 pasaron la prueba de ingreso (12 hombres y 12 mujeres).

Como directora de la escuela la Hna. Leonella tenía que demostrar que las nociones científicas que se enseñarían no eran contrarias al Corán y garantizar que no se llevaría a cabo ninguna actividad proselitista. Como país de mayoría islámica y tendencias fundamentalistas, Somalia aplicaba severas sanciones a los ciudadanos que no siguieran las leyes coránicas en el territorio, y el  gobierno exigía que las Misioneras  vivieran en el silencio y en el servicio. No había sacerdotes que pudieran garantizar la asistencia espiritual a los pocos cristianos católicos presentes ni a las Hermanas Misioneras.  La Eucaristía, generalmente traída de Nairobi, permanecía escondida en un pequeño armario en un rincón del pasillo de la casa de las Hermanas, única fuente de fortaleza para sus jornadas. A nivel de la prensa local varias veces escribieron contra el SOS y las hermanas, insinuando que tuvieran cuidado porque estaban tratando de hacer proselitismo. Sin embargo, la gente no le dio peso y todos tuvieron una gran fe en ellos y en su trabajo. Sin embargo la Hna. Leonella sabía, que entre sus alumnos había algunos exponentes del fundamentalismo, pero trataba de tener un diálogo abierto con ellos, aunque con prudencia. Las otras hermanas también conocían muy bien los riesgos que significaban para ellas su estadía en tierra somalí. Los fundamentalistas islámicos, de hecho, comenzaban a sospechar que a través de la escuela la Hna. Leonella hiciera proselitismo entre sus alumnos y los iniciara en la fe cristiana. Como era de esperar, su trabajo comenzaba a verse amenazado, llevando a la necesidad de tener guardias en el hospital, en la comunidad de las misioneros y esparcidos por la aldea del SOS en Mogadiscio, donde se desarrollaban las actividades.

Ella era perfectamente consciente de los riesgos que corría. Llegó a decirle a alguien: “Hay una bala con mi nombre escrito y solo Dios sabe cuándo llegará”. Esta conciencia no empañó su compromiso y su pasión por el trabajo que realizaba y por la obra que estaba emprendiendo. Cuatro años después del inicio del curso, llegó el momento de la entrega del diploma al primer grupo de enfermeros de la escuela de Mogadiscio, los estudiantes decidieron usar la toga para la ceremonia oficial. El hecho no pasó desapercibido para quienes buscaban un pretexto para eliminarla. De hecho, insinuaron que ls Hna. Leonella estaba tratando de convertir a los estudiantes al cristianismo, que ya estaban vestidos como ‘sacerdotes’.                     

El domingo 17 de septiembre de 2006, luego de terminadas las lecciones, la Hna. Leonella salía de la escuela y se dirigía hacia la casa, acompañada por su guardaespaldas. Al llegar a la puerta, fue alcanzada por 7 balas. En un intento por protegerla, Mohamed Mahamud, padre de cuatro hijos, perdió la vida. Antes de expirar, la Hna. Leonella fue llevada al hospital y con voz débil dijo: “Perdono, perdono, perdono”. Si en su relación personal con el Señor desarrolló la convicción de que estaba llamada a dar la vida por el reino de una manera desconocida pero ciertamente radical, no se puede negar que la experiencia martirial que vivió se debe leer que en Somalia hizo del martirio cotidiano y silencioso su propio estilo de vida durante décadas. Allí cada Misionera se entregó gota a gota, con el fin de hacer presente el amor de Dios en medio de ese pueblo. En el cuerpo de la Hna. Leonella quedaron impresos los signos visibles de esta pasión que vivió la comunidad en esos años de incertidumbre, anarquía y violencia. El derramamiento de sangre no es más que la consecuencia de un ofrecimiento ya hecho a Dios y a los hermanos.

El 8 de noviembre de 2017, el Papa Francisco la reconocía como mártir de la fe. Fue beatificada el 26 de mayo de 2018 en la catedral de su Piacenza.

De una relectura de su vida se desprende claramente que el derramamiento de sangre con el que terminó su vida terrena fue simplemente el epílogo natural de una entrega  progresiva de sí misma para una adhesión siempre más total a Cristo. Su ofrenda silenciosa y cotidiana  alcanzó la cúspide de la conciencia durante un período de retiro espiritual prolongado y personalizado, vivido en el silencio y en la oración, realizado en Castelnuovo Don Bosco (AT) en febrero de 2006, cuando se sintió atraída por la vocación al martirio. El día 18 escribió en su diario: “Señor, tú te entregas a mí en la Eucaristía […] Señor Jesús, tú me das tu cuerpo y tu sangre y yo te doy todo de mí, mi cuerpo, mi sangre y todo mi ser, toda entera. Soy tuya”. Experiencia profunda e intensa de la vida de Dios en ella, que selló un punto de inflexión en su experiencia espiritual. Unida a Jesús, la vida de la Hna. Leonella adquiere el aroma del Evangelio y narra la belleza de una humanidad plena y fascinante, que sabe interpretar la dimensión fundamental de su existencia a la luz de la fe. Y así, el perfume del Evangelio que es la sobreabundancia del amor se convierte en expresión del don total de uno mismo hasta la sangre. Qué la Hna. Leonella, mártir del perdón, interceda por nosotras en la búsqueda de nuestra entrega total en el ejercicio del perdón como vía privilegiada de nuestra relación con nuestros hermanos y hermanas.

Actualmente en Somalia, gracias al testimonio de la Hna. Leonella y de las otras hermanas, un número creciente de cristianos, continúa testimoniando, aún a riesgo de sus vidas, que el amor pascual es más fuerte que la muerte

Andrea Carvalho, postulante mc

4 comentarios en “Leonella mártir perdona”

  1. Maravilloso testimonio de amor y entrega hacia los más desprotegidos y para gloria de Dios. ¡Gracias Hna Leonella! Que tu ejemplo nos impulse y fortalezca.

  2. HOY,nos llega su testimonio tan actual y en consonancia con aspectos que se están viviendo actualmente en Kabul. Nos invita a no replegarse y activar nuestra entrega diaria hasta el ExTREMO

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