Escuela de vida

“Aprendí y sigo aprendiendo mucho de mi gente” es una expresión que muchas veces se puede escuchar de l@s misioner@s, enamorad@s de su misión y del pueblo que los ha acogido. Yo también hago parte de este grupo: no pasa semana sin que el pueblo quechua y nuestra gente campesina no me enseñe algo.

La última clase de vida la tuve el sábado pasado, mientras estaba haciendo mi retiro espiritual: estaba caminando a la orilla del río, en búsqueda de un lugarcito para mi oración. “¡Buen día, hermanita!” me dice don Basilio. Está cosechando, si así se puede decir: antes la lluvia no vino con tiempo, luego la helada llegó temprano y el maíz no tuvo el tiempo para crecer.

“Hermanita, esto es para Ustedes” y me da cuatro choclos y dos zapallos pequeños. Mi corazón se conmueve: ya la cosecha es poca, encima nos regala el poco que tiene… Agradezco y acepto: no se puede rehusar tanta generosidad. Luego sigo mi camino y al rato me doy cuenta que mis manos agarran la Biblia, un cuaderno y… ¡una banana! “¡Ay, Stefania, qué vergüenza!” Una voz me dice: “pero ¿por qué no le has dado tu banana?” y otra: “Es que no te diste cuenta de tenerla en la mano…” En realidad, no hay escusas: aquí hasta los niños más pequeños ya están acostumbrados a compartir, si se encuentra un peque en la calle, aunque tenga sólo una galleta en la mano, la parte y la comparte.

Leyendo textos sobre la cultura andina, se descubre que la ley universal que rige toda la realidad (el Pacha) es la reciprocidad, en quechua ayni. En pocas palabras, la gente nos explicaría así: “Hoy yo tengo y te comparto. Mañana carezco y tú me das, porque tienes…” El ayni se considera no sólo una regla de actuar, más bien se trata de una dimensión que abarca toda la realidad: ayni entre la humanidad y la Madre Tierra, entre Dios y el mundo… todo es reciprocidad.

Sí, soy como una wawa (niña) que lo aprende todo, día tras día: aprendo palabras en quechua, los gestos que se usan, y… aprendo a compartir, en reciprocidad. Así que, a la vuelta, de regreso de mi oración, encuentro, por suerte, el buen hombre que sigue trabajando, y le doy mi banana.  Espero de haber aprendido de la escuela de vida de mi gente…

¡Cuántas otras clases me ha regalado y sigue regalándome! Se cumple lo que una hermana me deseó, cuando estaba por salir de Italia: “Que tú puedas decir, después de 20 años de misión: ¡mi pueblo me ha evangelizado!”

Hna Stefania, comunidad de Vilacaya (Bolivia)

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