El Beato Allamano y la interculturalidad

Padre José Allamano nunca salió de Italia, pero su corazón sabía ir más allá, al encuentro de pueblos y culturas distintas. Era su pasión por el Evangelio que le ensanchaba el corazón y la mente, y con esta apertura se volvió un maestro de misioneros y misioneras. Sus palabras tienen mucho para decir también hoy, no huelen a viejo u obsoleto. Padre Allamano se puso también a la escuela de sus propios misioneros, leyendo con atención los diarios que escribían y que le enviaban.

Es interesante escuchar el Padre Fundador cuando habla de mansedumbre, una actitud y un valor indispensable en la misión, en el encuentro intercultural que allí se da: “Cuando estén en las misiones la mansedumbre tendrá para ustedes una importancia extraordinaria […]  es una virtud moral necesaria en las relaciones con los demás y en vista del bien que queremos brindarles”. Hace algunos años, después del martirio de la Hermana Leonella, que murió diciendo: “Perdono, perdono, perdono”, nuestro Instituto de Misioneras ha propuesto de hacer el voto de la “no-violencia”, nombre moderno de la mansedumbre enseñada por el Allamano. Al final de las cuentas, significa nada más que una cualidad de relaciones humanas que hacen crecer, y la misión no es nada más que encuentro/relación con personas de culturas y costumbres diferentes, a veces muy distintas de las nuestras.

Es cargando este q’epi (el bulto de aguayo que las mujeres usan para transportar cosas en el altiplano andino) de experiencias y enseñanzas que hemos llegado a Bolivia, hace 5 años: desde el 1° de febrero del 2013 las Misioneras de la Consolata tenemos una comunidad en Vilacaya, en el departamento de Potosí, en un área campesina del pueblo quechua. Es como aterrizar en otro planeta de costumbres, valores y visión del mundo, tan diferentes del nuestro.

El pueblo quechua sabe fascinarte con la belleza de su arte, muy colorada, y el arraigo a las tradiciones ancestrales. Es un pueblo sufrido, que al mismo tiempo no deja de mostrar su dignidad y orgullo. El encuentro con el diferente, pero, siempre crea en nosotros una reacción: a veces positiva, a veces negativa. Es el dia-a-dia, el encuentro cotidiano que construye las relaciones, y es cada día que estamos llamados a superar las diferencias por el bien común.

Para quien viene del ambiente urbano, la primera cosa que choca son los ritmos de vida diferentes: en el campo todo anda más despacio, los tiempos para concretizar proyectos son dilatados. Nos encontramos con el problema de la escasez de agua, pero hasta ahora no hemos podido concretizar nada para resolver el problema. Es ahí, en estos momentos, que podemos caer en el error de juzgar, de perder la paciencia y afectar, por consecuencia, nuestras relaciones. “No nos engañemos confundiendo el ardor apostólico con nuestra pasión” dice Padre Allamano “la experiencia demuestra que los misioneros y misioneras cuanto más mansos son, más bien hacen”.

Sus palabras resuenan en nuestra vida misionera y nos indican un camino, nos recuerdan que estamos con el pueblo, para caminar con las personas y juntos encontrar el Señor de la Vida. Hermana Irene Stefani, por su actitud humilde y mansa, era llamada la Madre Misericordiosa, y hasta hoy, en Gekondi, se siente su presencia de bien y de amor para con el pueblo.

Para terminar, otro pensamiento… según otro punto de vista: un encuentro siempre ocurre entre dos, por lo menos. Hemos hablado de nuestra posición, de nuestra mirada hacia las personas distintas de nosotras, pero… ¿qué pasa a quién nos recibe en su tierra? No olvidemos nunca que somos estranjeros, peregrinos, acogidos. Nuestra experiencia fue de una acogida increible: nos hemos puesto a la escuela de nuestra gente de Vilacaya, para aprender a acoger de veras. En todo caso, me imagino las familias, en casa a la noche, hablando de nosotras: corremos, hablamos en voz alta, usamos mucho las manos mientras charlamos, somos como niñas que no saben qué hacer en los rituales, en el momento de saludar… A pesar de todo, nos quieren, respetan y gozan con nuestra presencia en Vilacaya. Gracias a todos los pueblos del mundo que nos han recibido y dado lo mejor de su tierra y de su cultura: ahora nuestra familia misionera tiene tesoros preciosos de un valor incomensurable…

Hna Stefania Raspo

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