La beata Irene Stefani una mujer que amó la vida

Ya falta poco a la fiesta litúrgica de la Beata Irene: le presentamos una hermosa reflexión sobre su amor a la vida 

“Dejar las redes”, como dice el Evangelio, para seguir a Jesús que pasa y llama, es algo que ocurre cada vez que un hombre o una mujer abandona lo que hace de manera cotidiana para poder seguirlo a Él en una nueva aventura de donación total, fiel e incondicionalmente.

Así le sucedió a Mercedes Stefani, cuando, a los trece años, en la flor de su juventud, se sintió cautivada por Jesús que la llamaba y sin vacilación alguna, respondió: “Heme aquí Señor”.

La invitación  que  Irene reconoció como un llamado del Señor a seguirlo “más de cerca”, en la vida religiosa misionera, provocó en ella un cambio de perspectiva para colocar en el centro de su vida y de su corazón al Señor Jesús. Solamente quien tiene la experiencia de ser amado profundamente por Jesús está dispuesto a seguirlo en una vida nueva. Nadie sería capaz de renunciar al afecto de quienes lo aman si no es por un amor más grande. Este fue el secreto en la vida de la Beata Irene: su amor apasionado por Jesús la impulsaba a entregarse totalmente a los demás; con frecuencia ella solía repetir: “Oh Jesús, si tuviera mil vidas, todas las entregaría por ti”.

Oh Jesús, si tuviera mil vidas, todas las entregaría por ti

¿Qué significado tiene la vida para la Hermana Irene?

La vida es un don de Dios, un don para proteger, para hacer crecer, para defender hasta las últimas consecuencias, para entregarla toda por Dios y por los hermanos. La prueba de que esto fue lo que hizo la Beata Irene la encontramos en el testimonio de su misma vida misionera en Tanzania y en Kenya. Para comprenderlo mejor es necesario tener en cuenta la cultura de estas sociedades, en las cuales existían muchos prejuicios fundamentados en la tradición. Por ejemplo, un niño que nacía con alguna anomalía o defecto físico era asesinado por la partera o cuando nacían gemelos uno de los dos era abandonado en la sabana para servir como presa a las fieras. El pequeño, cuya madre moría en el parto, corría la misma suerte y su cadáver era abandonado al lado del de la madre. Los enfermos terminales, después de haber sido sometidos a la magia del brujo curandero sin obtener ninguna mejoría, no podían ser tocados, quien lo hiciera quedaría impuro. Sus cadáveres entonces eran abandonados en el bosque.

Es fácil imaginar lo que significaba, en este contexto cultural, proteger la vida. La hermana Irene, al contacto con tanto sufrimiento, encontrará un campo inmenso para vivir la caridad sin límites. En esos cuerpos adoloridos ella veía  a las almas para salvar; por eso le recomendaba a los familiares o a los vecinos de los enfermos que le informaran si se   agravaban, para evitar que  fueran llevados al bosque. Cuando la llamaban, acudía rápidamente y acercándose a la persona abandonada por su familia la curaba y cuidaba sin descansar hasta que se restableciera completamente. Muchos  regresaron a sus casas sanos y salvos, otros fueron acompañados hasta la muerte y sepultados con dignidad, ayudando ella misma a excavar la fosa. Decía: “La muerte es el eco de la vida verdadera”.

En Kilwa (Tanzania), durante la primera guerra mundial, en el campamento de los “carriers”, (habitantes locales, autóctonos, que fueron sometidos al transporte  del material de guerra), muchos  yacían en el suelo extenuados a causa de los castigos que habían recibido. La Hermana  Irene les ayudaba a reincorporarse, los limpiaba  y después intercedía para que no fueran castigados. Reconfortaba a los pacientes explicándoles las verdades de la fe, como una medicina de Dios que salva: muchos, después de esta catequesis pedían el bautismo. Si eran pacientes terminales permanecía con ellos hasta que expiraban.

Un “carrier” de nombre Kariuki, que intentó fugarse del campamento, fue castigado duramente y desesperado intentó ahorcarse. Habiéndolo encontrado a la mañana siguiente, todavía vivo, la Hermana Irene lo ayudó a volver en si con  respiración artificial y no lo abandonó ni siquiera por un instante por el temor a que otros le ayudasen a morir; sentada junto a él le habló de Dios y con dulzura lo exhortó a perdonar; Kariuki, con un hilo de voz pidió el bautismo,  unos minutos después expiraba serenamente como hijo de Dios.

En una zona contigua al Hospital de guerra vivían las familias de los policías africanos; Sor Irene las visitaba, les llevaba medicamentos, las reconfortaba y les daba consejos, las instruía sobre  nutrición, salud de los niños,  higiene personal y  aseo de sus casas. Las madres la sentían cercana en sus necesidades y le confiaban sus dificultades y secretos. Un día la hermana Irene se dio cuenta de que una joven musulmana tenía una llaga grande en una pierna que se estaba gangrenando. La hizo transportar a una choza aislada y ella misma la cuidó: todas las mañanas le limpiaba la herida que ya estaba fétida, la medicaba y la acompañaba. La  preparó para la muerte con inmensa dulzura hablándole de su Dios misericordioso que pronto la acogería en su reino de felicidad, le explicó el significado del bautismo que la joven recibió por  decisión personal.

Todos la conocían y hasta los no cristianos querían tenerla cerca en el momento de la muerte, a todos les hablaba de Jesús, del paraíso donde los sufrimientos ya no existirían, de la certeza de felicidad en la otra vida, su sola presencia reconfortaba. Acompañaba a las parturientas y logró salvar muchas vidas venciendo fuertes supersticiones que existían aun entre los cristianos.

No se debe tampoco creer que todo fue fácil para ella, a veces la miraban como una intrusa, una forastera que destruía las tradiciones de la tribu. De otra parte su actitud humana y maternal hacía que muchas mujeres fueran a buscarla en el Centro de Salud de la misión, porque por todas partes se había difundido la convicción de que las medicinas de la “Mware” (Hermana) eran más eficaces que las tradicionales.

Las palabras de San Pablo, en su primera carta a los Tesalonicenses, son muy apropiadas para sintetizar las actitudes de la hermana Irene: “Como una madre que cría con ternura a sus propios hijos,   con gran afecto por vosotros, nos hemos complacido en impartiros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas” (1 Tesalonicenses 2, 7 – 8).

Hermana Margarita Bedoya, mc

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