Nuestros abuelos Jesuitas

Seguimos nuestro viaje para conocer mejor los pueblos de la Amazonía

En las llanuras de Bolivia, que se extienden desde el pie de los Andes hasta la frontera con Brasil, hay una extensa cuenca en la que confluyen grandes ríos del Perú amazónico, como el río Mamoré, que es la única vía navegable en el país. Se trata de una tierra rica en agua y con un excelente clima para la agricultura, tanto que algunos, en la época de la colonia, habían identificado como el legendario El Dorado, la civilización del oro y de la riqueza que los aventureros europeos buscaban con avidez, codicia y mucha esperanza Nadie ha encontrado a El Dorado, pero los llanos de Moxos siguieron siendo una tierra productiva hasta nuestros días.

Los moxeños, de la familia lingüística Arawak, llegaron a las llanuras que llevan su nombre alrededor del 3.000 a.C y en tiempos remotos construyeron una red de canales para un notable sistema de riego, que la arqueología moderna está redescubriendo y estudiando, porque se trata de un caso único de ingeniería hidráulica en el área amazónica.

El imperio inca conocía a los habitantes de Moxos y con ellos había instaurado un comercio de productos, incluido de artículos de lujo, como coloradísimas plumas de aves amazónicas que la aristocracia incaica usaba como un signo de su nobleza. Pero también los moxeños tenían necesidad de cosas que, aunque no se consideran muy valiosas, eran importantes para la producción: así por ejemplo las piedras, que abundan en los Andes y no existen en las llanuras, y que se utilizaban para construir hachas y otras herramientas de la vida cotidiana de los expertos agricultores moxeños. A la llegada de la colonia, Moxos fue uno de los primeros territorios explorados y colonizados en el siglo XVI. Los que han dejado una huella indeleble fueron los Jesuitas, que fundaron allí las «Reducciones» en el siglo XVII: se trata de una experiencia de primera evangelización típica del área amazónica, que la famosa película «La Misión» ha inmortalizado haciéndola conocer. Los misioneros construyeron ciudadelas, donde reunían a la población indígena y les enseñaban un cierto estilo de vida, muy ordenado y urbano, junto con la religión cristiana, con un énfasis particular en la liturgia y a la música sagrada, junto con otras artes. Digamos que, con las categorías de hoy y después de un Concilio Vaticano II, no se trataba propiamente de inculturación del Evangelio en la cultura nativa, sino más bien de la inserción de la cultura europea de la época en un contexto totalmente diferente.

La experiencia de las reducciones no fue aceptada de la misma manera por los diversos grupos indígenas: algunos se han adherido sin problemas, otros se han resistido a la reducción por mucho tiempo. Muchos la aceptaron como una solución improvisada o de emergencia, especialmente cuando los aventureros portugueses han empezado a penetrar cada vez más en el actual territorio de Bolivia para capturar a los hombres indígenas y esclavizarlos (como se ve en la película «La Misión»); en la reducción los misioneros defendían a la gente. En el caso de los Moxeños, la experiencia de las reducciones no solo fue positiva, sino fundamental para la construcción de su identidad: considerando a los jesuitas como sus abuelos, y sus antepasados. En San Ignazco de Moxos se han conservado antiguas tradiciones, casi intactas: la gente construye sus propios instrumentos musicales y reproduce las músicas barrocas que los misioneros les habían enseñado. Este fenómeno cultural ha despertado mucho interés e incluso los moxeños hacen conciertos en el exterior, pero sobre todo el festival Ichapekene Piesta, que en lengua moxeña significa: la fiesta mayor, es un momento cultural muy significativo para la gente, donde la fiesta de San Ignacio. a fines de julio, se convierte en oportunidad para una celebración que amalgama elementos indígenas con la fe cristiana. En particular, la dramatización de la «victoria de San Ignacio» es muy significativa: doce guerreros vestidos con plumas muy coloridas entran en escena, combaten con los guardianes de la «Santa Bandera» (los antepasados ​​y los espíritus tutelares del bosque) y los convierten en cristianos. Es una representación que les permite a los moxeños renovar su fe cristiana y celebrar el don del cristianismo en sus vidas.

la fiesta de San Ignacio

En el siglo XVIII cuando los jesuitas fueron expulsados​​, las reducciones continuaron hasta el siglo siguiente en la época republicana. Siendo expertos navegantes, durante la invasión de las compañías para la recolección del caucho y de la quinina, trabajaron como transportistas en los ríos, pero ya hemos visto en la edición de enero febrero sobre los Harakbut, que esta invasión ha traído problemas de varios tipos a los nativos amazónicos: explotación esclavitud, enfermedades, invasiones territoriales. En el caso de los moxeños, muchos de ellos fueron esclavizados y obligados a trabajar no solo en la recolección del caucho, sino también en los latifundios para la cría del ganado.

La situación era trágica, y muchos pueblos se rebelaron de diferentes maneras: una de ellas fue la de trasladarse a zonas menos accesibles, a veces con la fuerza de un movimiento mesiánico, en busca de la «montaña sagrada», un mito de origen guaraní que en momentos de gran crisis ha sostenido la vida de varios grupos étnicos. El retirarse al bosque ha emancipado a los moxeños y los ha puesto en contacto con otros grupos como los yuracaré y los mosetén. Los tiempos de las reducciones parecen tan lejanos… sin embargo no, no del todo: los «abuelos» jesuitas habían organizado a los moxeños en el «cabildo indígena», y este tipo de organización comunitaria no solo ha continuado a lo largo del tiempo, sino que también ha sido un instrumento para defender los propios derechos. La selva amazónica es un lugar seguro, no tan accesible, pero igual es objeto de especulación económica: los comerciantes ilegales de maderas preciosas entran al bosque e invaden el territorio, destruyéndolo. El Cabildo indígena se ha organizado y opuesto a esta invasión.

Los moxeños fueron los primeros en hacer oír su voz: la Central indígena de los Cabildos ha reunido las fuerzas de los diversos grupos dispersos y ha sido el primer movimiento en reivindicar el derecho a la tierra en la región oriental de Bolivia. Incluso hoy, con un gobierno encabezado por un presidente indígena, Evo Morales Ayma, y ​​con una Constitución del Estado que reconoce los derechos de los pueblos nativos, los moxeños alzan su voz ante el proyecto de construir una carretera que atraviesa el bosque (y Área protegida) del Tipnis, proyecto sostenido por el gobierno y defendido también mediante el envío del ejército, como sucedió hace cinco años. Un hecho que revela la incoherencia política, cuando hay de por medio intereses económicos más o menos legales y más o menos conocidos.

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