Ain Karim: la experiencia de Isabel

Hoy les presentamos una reflexión bíblica sobre el icono de la Visitación 

«Mira: también, tu parienta Isabel, en su vejez, ha concebido un hijo y ya está en el sexto mes aquella, a quien todos decían estéril: nada es imposible para Dios». (Lc 1,36)

Estas palabras del ángel continúan resonando en el corazón de María en el momento en que ella decide ir a visitar a su prima Isabel. El viaje será bastante largo, porque el camino que va de Nazaret, a través de la Samaria o, -más probablemente, a través del valle del Jordán, por el que se llegaba a las cercanías de Jerusalén, requería tres o cuatro días de camino.

Imaginemos a esta joven dispuesta a emprender en un viaje bastante largo y fatigoso, animada únicamente por el deseo de llevar la alegría de la nueva vida que hay en ella y de compartir el misterio con su pariente, que está viviendo algo muy similar en una edad avanzada.

Lo que nos queda impreso es, esta prisa de María, una prisa que es la expresión de su alegría: imaginemos este viaje realizado con un corazón que está totalmente destinado a dar, a darse a sí misma, lo que es una característica típica de la juventud- en el deseo de que el otro sea, que el otro tenga vida. Y esto, independientemente de las realizaciones concretas y de los proyectos, incluso hermosos y buenos, que se pueden implementar; porque es lo que queda, mientras todo lo demás termina, es precisamente el corazón con el que se viven las circunstancias, cada circunstancia de la vida; y la fe, la esperanza y la caridad que animan el camino. La vida debe ser proyectada en este camino del don; incluso si uno nunca tuviera que alcanzar ese lugar, llegar a esa persona, aquel propósito específico al que se dirige, lo que queda, eso es precisamente lo que cuenta, – es el corazón con el que se hizo el camino, Ese itinerario, que es la vida entera.

Maria es consolada y la persona consolada siempre está dispuesta a consolar, porque irradia a su alrededor un gozo expansivo, que proviene de su Señor y que lleva y comunica a los otros. Por eso la Visitación – este episodio aparentemente insignificante en el que parece no ocurrir nada en particular – resulta un misterio verdaderamente gozoso para contemplar.

«Al entrar en la casa de Zacarías, saludó a Isabel» (Lc 1, 40)

ese simple y espontáneo saludo de María es suficiente para que el gozo expansivo del Señor se comunique a todos: «Tan pronto como Isabel oyó el saludo de María, el niño exultó en su regazo «(Lc 1, 41). El verbo que indica la sacudida (o sobresalto) del niño, proviene de un término griego que propiamente significa bailar, saltar, exultar: es el giro de una nueva vida que se mueve en el vientre de la madre, pero también es la expresión de una alegría movida por el Espíritu.

Precisamente a partir de este movimiento de su hijo por nacer, iluminada por el Espíritu Santo, Isabel comprende el secreto de María y exclama en voz alta las palabras de exultación, de bendición y de tierno fervor, transmitidas en el texto del evangelista Lucas. La oración de bendición es la oración más extendida y recurrente en el mundo hebreo; se bendice por cualquier alegría y acontecimiento de la vida de todos los días: por el despertar y por el alimento, por la belleza del mundo y por los dones de la tierra. Pero esta bendición de Isabel resulta verdaderamente profética, contagiosa, movida por el Espíritu, dilatada por el estupor, por el don del otro, por la irrepetibilidad del otro.

 

La irrepetibilidad del otro/a: si solo la tuviéramos más presente, incluso un episodio, un simple gesto de afecto, de simpatía, de comunión sería una ocasión de fiesta, nos enseñaría a celebrar al hermano / hermana, por el auténtico don que representa, como solo los pobres de ciertos países olvidados o, peor aún, explotados por las grandes potencias del mundo, saben hacerlo.

Pensemos seriamente, a partir de este misterio mariano, el por qué la gran sed y la búsqueda de ocasiones de fiesta, presentes en nuestra sociedad y especialmente entre los jóvenes, encuentran un desahogo alternativo a las frustraciones, consumisticas y, a menudo, degenerantes propuestas difundidas en a nuestras costumbres sociales. Se trata de una exigencia profunda radicada en el corazón del hombre, diría extremadamente seria porque trae consigo la nostalgia, que llevamos dentro, de la gran Fiesta, a la que todos seremos llamados, en el Reino, en la morada del Padre celestial.

Por lo tanto es doble la proclamación profética de Isabel:

«¿A qué debo que la madre de mi Señor venga a mi?» (Lc 1, 43)

– donde la palabra usada por primera vez en el texto lucano indica el Mesías, pero con una referencias a su trascendencia – y, todavía, una exclamación por la fe de Miryam: «Bendita sea la que ha creído en el cumplimiento de las palabras del Señor ”. (Lc 1, 45)

La acción del Espíritu Santo, por lo tanto, ilumina a Isabel sobre la maternidad mesiánica de María; aquí los horizontes se amplían enormemente, expandiéndose desde su historia personal – ya en sí misma prodigiosa – a la del pueblo de Israel, hasta toda la humanidad, de todos los tiempos, hasta nosotros. Después de todo, así obra siempre el Señor, partiendo de una pequeña historia individual, para luego abrazar el destino entero de un pueblo y del mundo entero. Es como si hablara en nombre de toda la comunidad cristiana, en cuanto que no se dirige directamente a María, sino que habla en tercera persona, Isabel exalta y bendice su fe: «Bienaventurada la que ha creído».

Delicadísima es también esta observación de Isabel que también intuye el  sufrimiento espiritual de María, su salto en la oscuridad  y el precio individual de su consentimiento, que derribó los márgenes de la historia de la Salvación, abriendo espacios ilimitados a la acción de la Gracia, sobre el pasado y sobre el futuro de la humanidad. Si pudiéramos percibir aunque más no fuera lejanamente los ilimitados horizontes de cada  del bien de cada uno de nuestros  pequeños gestos de fe, ¡ciertamente la existencia adquiriría un grosor diferente!

 

Más a menudo, en cambio, nos encontramos lidiando con nuestra tendencia casi congénita de reducir, relativizar y socavar el valor y las consecuencias de los gestos gratuitos, del sufrimiento oculto, de las pruebas aceptadas. Aplaudimos los grandes proyectos y las iniciativas llamativas para la promoción del hombre y no nos detenemos a pensar en el misterio de un Dios que quiere obrar a través de nuestras historias de la vida cotidiana a las que Él nos llama a vivir, pero, con un corazón. Grande y contemplativo..

En María, Isabel reconoció también la seriedad de una escucha constante de la Palabra, que le ha permitido llegar a una profundidad tan amplia de la fe. Vivir permaneciendo en la presencia de Dios, llevando cada acción, cada momento del día a un solo sentimiento de profunda unidad y paz, esto es importante para llevar al Señor a los demás y realizar el Reino también aquí abajo, en la tierra. Y juntos, nos propone y dispone para hacer lo mismo; visitados, nos predispone a visitar y llevar a los hermanos la vida divina que hay en nosotros, y a expresarla en la alegría.

Hna. Renata Conti, mc

 

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