No «Peinar las ovejas», mas bien acompañarlas en el camino

Partiendo de una simpática expresión del papa Francisco, el p. Nicholas, imc, individualiza algunos elementos fundamentales para un acompañamiento espiritual que ayude a los jóvenes a discernir y a realizar su vocación

¿La historia de mi vocación sacerdotal? La conoce ante todo Dios. Cada vocación sacerdotal es un gran misterio, es un don que supera infinitamente al hombre. Cada uno de nosotros sacerdotes lo experimentamos claramente a lo largo de nuestra vida. Frente a la grandeza de este don, sentimos lo inadecuados que somos para ello». Lo afirmaba Juan Pablo II en el 50º aniversario de su sacerdocio en el documento Don y misterio.

«¡La conoce sobre todo Dios!» Esta es una afirmación cargada de extraordinario realismo y humildad. Sí, porque como bien sabemos, hay algo de trágicamente hermoso y al mismo tiempo peligroso en cada vida humana, en cada proyecto, en cada vocación. De hecho, son tantas las vocaciones santas,  logradas, donadas totalmente a Dios al servicio del prójimo, pero también son muchas las vocaciones sacerdotales, matrimoniales, de vida consagrada naufragadas en las tormentosas aguas de la vida, dando escándalo al mundo y sobre todo a los jóvenes que se vuelven siempre más escépticos sobre la autenticidad y el significado de la vocación religiosa y sacerdotal. La misma lógica para la vocación matrimonial: los hijos crecidos de  matrimonios difíciles y padres separados no tienen más confianza en el matrimonio en sí mismo y esto lleva a un alto número de personas que conviven, que piensan que están más serenas en una relación que no crea un vínculo para siempre Sin embargo, a pesar de ello, no faltan jóvenes valientes y ricos de fe que continúan creyendo y respondiendo a la llamada del Señor. Esta es la razón por la cual el discernimiento vocacional, desde sus inicios, debe continuar a lo largo de toda su existencia para divisar la misericordia divina en el llamado y fortalecer los vínculos de amor con el Señor y la misión a la que estamos llamados.

La vocación es la mayor expresión de la misericordia de Dios.

De hecho, es la fe en Dios, en su misericordia, el primer requisito previo para toda vocación. El Dios que ama a la humanidad y a cada uno personalmente, que quiere su bien y su salvación, que lo llama y lo invita a amarlo y, por lo tanto, a realizar con él su designio de salvación para el mundo. La mayor alegría de un religioso, una religiosa o un sacerdote es el hecho de haber sido llamado, y esto quiere decir que el Señor ha depositado su confianza en él,en ella a pesar de sus fragilidades y debilidades humanas.

Esta conciencia lleva a la persona consagrada a vivir de oración, de la acción de gracias, de confianza en los momentos de dificultad, con la conciencia de que el Señor llevará a cumplimiento la obra que ha comenzado.

El testimonio de la oración es por lo tanto de primordial importancia. Conduce a la fuente misma de la razón de la vida consagrada, sacerdotal y matrimonial. Un testimonio que converge en el apostolado creativo de la oración; Los fieles y sobre todo los jóvenes, aunque parezcan no desearlo, tienen necesidad de ser introducidos y acompañados en la oración, tanto a nivel personal como comunitario. La unión y la amistad con el Señor traen consigo la fecundidad vocacional. La oración, testimoniada y vivida, es indispensable para todo discernimiento vocacional.

«… No peinar las ovejas»

Junto con la oración, se necesita el acompañamiento personal. A menudo, llenos de empeños, actividades y citas, ya no tenemos tiempo para el acompañamiento y la escucha de lo vivido  por los  niños y los jóvenes aunque se trate solo de cosas triviales. El acompañamiento debe ser cualificado y misionero porque siempre existe la tentación de «peinar las ovejas» como dice el Papa Francisco, en lugar de acompañarlas.  «Quiero decirles una cosa. En el Evangelio es hermoso ese pasaje que nos habla sobre el pastor que, cuando regresa al redil, se da cuenta de que falta una oveja, abandona a las 99 y va a buscarla, a buscar una. Pero, hermanos y hermanas, nosotros tenemos una, ¡nos faltan 99!  ¡Tenemos que salir, tenemos que ir a ellas! En esta cultura, – digámonos la verdad, – tenemos solo una, somos minoría. ¿Y nosotros sentimos el fervor, el celo apostólico por ir a buscar a las otras 99? Esta es una gran responsabilidad, y debemos pedirle al Señor la gracia de la generosidad, el coraje y el impulso para salir y anunciar el Evangelio. Ah, esto es difícil. ¡Es más fácil quedarse en casa, con esa única ovejita! Es más fácil con esa ovejita, peinarla, acariciarla… pero nosotros, sacerdotes, también todos ustedes cristianos: el Señor nos quiere pastores, no peinadores de ovejas! Y cuando una comunidad está siempre cerrada entre las mismas personas que hablan, esta comunidad no es una comunidad que da vida. Es una comunidad estéril, no es fecunda. La fecundidad del Evangelio viene por la gracia de Jesucristo, pero a través de nosotros, de nuestra predicación, de nuestra valentía, de nuestra paciencia”. A través del acompañamiento personal y de experiencias significativas y fuertes, los jóvenes van desafiantes a comprometerse, a asumir las propias responsabilidades y a decidir por el Señor, por la misión al servicio de la Iglesia, por el propio futuro.

Cada vocación nace y se desarrolla dentro de una comunidad.

La historia de cada vocación es única, al igual que su desarrollo en los diversos y vastos campos del apostolado en la Iglesia y en el mundo. El Señor llama a cualquiera que lo ame y crea realmente en su misericordia, lo llama independientemente de su origen geográfico, del ambiente familiar o de su entorno social. Por lo tanto, son importantes para el nacimiento, el discernimiento y el acompañamiento de cada vocación, sobre todo el ambiente eclesial y la comunidad de referencia que deberían dar testimonio de una vida de fe hermosa, serena y orante; y también un ambiente humano de referencia para el crecimiento de niños, adolescentes y jóvenes. Efectivamente no es raro que las comunidades eclesiales y religiosas se vuelvan estériles también debido a la falta de un buen testimonio de fraternidad y de un buen ejemplo en el desenvolvimiento de la misión que Cristo les encomendó. Nunca hay que olvidar que cada vocación nace y se desarrolla en un contexto eclesial y social preciso, dentro de la historia. Y esta historia está hecha por hombres y mujeres concretos, entre los cuales el Señor llama a algunos haciendo su vida fecunda a través de su Palabra y de su ejemplo.

 

El discernimiento como señalización vial.

«La vida es un camino desconocido y lleno de sorpresas para los individuos y para los grupos. Del mismo modo que una señalización vial nos ayudan a no perdernos en el camino, los signos de los tiempos y de los lugares son para nosotros señalizaciones viales que nos ofrece el Señor para orientarnos y guiarnos en nuestro camino. Estas señales viales de Dios, examinadas a la luz de la fe, no solo nos ayudan a no perder el camino, sino que también se transforman en una experiencia de Dios siempre más grande que nos acompaña y nos guía. «(Frai Camilo Maccise OCD).

P. Nicholas Muthoka, imc

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